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lunes, 16 de enero de 2012

El ADN de Napoleón revela que tenía orígenes caucásicos y no árabes

Ilustración que muestra el árblo
genealógico de Napoleón.
Nuevos análisis de ADN establecen que los orígenes del emperador Napoleón I (1769-1821) eran caucásicos y no árabes, como se especulaba hasta ahora, según las investigaciones del profesor Gérard Lucotte publicadas este lunes en la prensa francesa.

A partir de varios cabellos que pertenecieron a las patillas de Napoleón, avalados por haber aparecido junto con un relicario que perteneció al fundador del Museo del Louvre, Dominique Vivant-Denon, el genetista pudo aislar el perfil del cromosoma Y de Napoleón, informa 'Le Figaro'.

Se trata del mapa genético masculino del emperador Bonaparte, nacido en Córcega y de quien se creía que podía tener orígenes árabes pues se le conocía un vínculo familiar con el mercenario del siglo XV al que llamaban 'Il Moro di Sarzana', originario de una ciudad mediterránea recurrentemente atacada por los sarracenos.

Se cotejó la muestra con la de familiares

Efectivamente, el 'haplogrupo' del ADN analizado, que sirve para definir la historia de los ancestros de una persona, coincide con un tipo extraño y llamado Elblbcl que se ha encontrado en el 10% de la población de Yemen y Arabia Saudí, según los estudios de Lucotte publicados en la revista especializada 'Journal of Molelular Biology Research'.

"Las indicaciones históricas hacían pensar a los expertos que los ancestros árabes de Napoleón habrían llegado a Europa durante la expansión del Islam o a través del comercio de mercancías con Italia", resume 'Le Figaro'.

Sin embargo, Lucotte ha echado por tierra esa teoría. El genetista tuvo la oportunidad de cotejar cabellos de las patillas del emperador con el material genético de Charles Napoleón, descendiente por la parte de Jerónimo Bonaparte, hermano de Napoleón.

Las marcas del cromosoma Y del contemporáneo Charles Napoleón y las del emperador que dominó Europa entre los siglos XVIII y XIX se revelaron idénticas.

Su muerte sigue siendo un misterio

"Hemos podido determinar el 'halopgrupo' sobre un mayor número de marcadores, con mucha más precisión: Napoleón no era árabe sino caucásico", asegura Lucotte.

Aunque publicados, la comunidad científica no dará por válidos los resultados hasta que un segundo laboratorio desarrolle la misma investigación.

No obstante, mientras tanto se abren nuevos caminos para explorar, como las causas de la muerte de Napoleón, nunca esclarecida. O aclarar, al menos, si pudo padecer alguna enfermedad genética.

Recientes investigaciones llevadas a cabo a partir de muestras de cabello cortadas tras su muerte han revelado que contenían arsénico, sugiriendo que Napoleón podría haber muerto envenenado.

Detrás de las investigaciones científicas, escribe 'Le Figaro', se esconde una nueva tentativa de abrir la tumba de Napoleón en el Hotel de los Inválidos de París y aclarar si efectivamente allí yacen los restos del emperador, si se trata del cadáver de otra persona o si el sepulcro está vacío.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Serafín María, presidente por un día

El caso extremo es el de Serafín María de Sotto, conde de Clonard, mariscal que presidió el Consejo de Ministros por el sorprendente plazo de un día.

Corría el 19 de octubre de 1849 cuando la Reina Isabel II encomendó al conde la dirección del Gobierno de la Nación, influida en su decisión por dos de los religiosos en los que más confiaba, el padre Fulgencio, su confesor, y sor Patrocinio, conocida popularmente como «la monja de las llagas», extravagante personaje que tenía gran ascendiente sobre la joven reina.

Pero el bueno de Serafín casi no tendría tiempo para desarrollar su labor. Aupado por los sectores más conservadores de la corte, pronto, muy pronto, el descontento popular obligó a la soberana a rectificar y a removerlo del Gobierno. Al día siguiente de su nombramiento fue relevado, convirtiéndose en el presidente que menos tiempo aguantó en el cargo.

Militar catalán

De Sotto había nacido en Barcelona en1793. Militar de vocación, había destacado en la Guerra de Independencia, en la que resultó herido, y en la Primera Guerra Carlista. Antes que presidente del Gobierno había sido ministro de la Guerra y director del Colegio General Militar de Toledo. Su pasión por la milicia le llevó a escribir algunas relevantes obras sobre la historia del Ejército español, como la «Historia orgánica de las armas de Infantería y Caballería españolas» o la «Memoria histórica de las academias militares de España». También legó un «Álbum de la infantería española» y un «Álbum de la Caballería».

El caso del frustrado Gobierno De Sotto fue uno más de los sucesivos gabinetes ministeriales cesados a las primeras de cambio que son la constante en todo el siglo XIX español. El suyo fue el caso más extremo de gobernante fugaz.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El "Pelayo", el acorazado español que aterrorizó a los Estados Unidos


Cuando la guerra de 1898 parecía perdida, el Gobierno tomó una decisión audaz, golpear al gigante norteamericano en su propio terreno. El fallido «contragolpe español» desató el 
pánico en la costa este


Transatlántico Alfonso XIII, antes de partir a Cuba en 1896.
España estaba contra las cuerdas. A punto de perder sus últimas posesiones ultramarinas, a las puertas del «Desastre». Corría el mes de mayo de 1898. Las fuerzas del decadente imperio español combatían con suerte esquiva con las del rampante imperio yanqui. La marina estadounidense se enseñoreaba de las aguas de Cuba y en Cavite, Filipinas, las fuerzas del comodoro George Dewey desarbolaban las defensas hispanas. En tan adversas circunstancias, en el Ministerio de Marina español se ideó un arriesgado plan para tratar de revertir el curso de la guerra: golpear al enemigo en su propio territorio, enviar una flota a bombardear la mismísima costa este de los Estados Unidos.

En Norteamérica la contienda se entendía como camino de expansión, de ampliación del patrimonio. En España los círculos políticos e intelectuales creían que se luchaba por la misma supervivencia de la nación. Cuba y Filipinas no eran propiedades de España, eran parte sustancial de la misma. Lo había expresado el presidente del Gobierno,Antonio Cánovas del Castillo, en el Congreso cuando anunció que, en Cuba, España se dejaría «hasta el último hombre, hasta la última peseta». Aún sabiendo que la mermada España de finales del XIX se enfrentaba a un enemigo superior, Cánovas había dicho en 1896: «Si, desgraciadamente, un día el pueblo español creyere que la empresa (…) era superior a su conveniencia (…) yo habría dejado de ser hombre político para siempre jamás (…) acabando aquel día, probablemente, también mi vida personal». Cuba era para los españoles de entonces una cuestión de honor. Así que, imbuidos políticos y opinión pública en Madrid de una especie de espíritu quijotesco, se decidió intentar lo que la historiografía bautizó como «el contragolpe español». Mejor morir que perder la honra.

La única esperanza pasaba por dar un puñetazo en la mesa. Bloqueadas las fuerzas navales en Cuba y debeladas las deFilipinas, el Gobierno decidió jugarse el todo por el todo en una última baza y enviar una escuadra a atacar las mismas ciudades costeras de los Estados Unidos. Sería la del almirante Manuel de la Cámara y Livemoore la encargada de ejecutar tan peligroso cometido.

Pánico en la costa este

La misión era de lo más comprometida. Las mejores unidades disponibles de la Armada española tendrían que atravesar las aguas del Atlántico y adentrarse en los dominios del gigante para buscarle las cosquillas en sus propias barbas. Se pretendía obligar a Washington a un repliegue de sus fuerzas y así aliviar la presión sobre Cuba y Filipinas. La idea no era ni mucho menos descabellada. Desde que conoció los propósitos del Estado Mayor español, el Gobierno norteamericano ordenó que se dejaran de iluminar las ciudades de la costa este para dificultar el temido raid hispano. El miedo se apoderó de muchos estadounidenses.

Rumbo a los Estados Unidos zarpó una escuadra en la que formaron destructores de la «Clase Furor», veloces y bien artillados: los buques «Audaz», «Osado» y «Proserpina», que prestarían escolta a los cruceros auxiliares «Patriota» y «Meteoro» y el crucero «Carlos V». Pero la estrella de la flota era el poderoso acorazado «Pelayo», principal motivo para la preocupación de los mandos militares enemigos. El «Pelayo» y el «Carlos V» superaban por sí solos en potencia de fuego y tonelaje a toda la escuadra con la que Dewey combatía en Filipinas.
Las fuerzas de Cámara se dividieron en dos fracciones, una de las cuales debería navegar rumbo a Halifax, en Canadá, donde recibiría las instrucciones para lanzarse al ataque de las costas estadounidenses, con el objetivo preferente de la base naval de West Key. La segunda tendría como destino aguas brasileñas, desde las que se dedicaría a hostigar el tráfico mercante enemigo.

Trabas británicas

Pero por más que el Gobierno español quisiera en último trance recurrir a lo que le quedaba de músculo naval, lo que nunca pudo superar fue su aislamiento internacional, lo que a la postre dejó el «contragolpe español» en simple amago. Las presiones y trabas de Gran Bretaña, que no deseaba que la contienda se extendiera al Atlántico entorpeciendo la navegación comercial y puso cuantas trabas pudo en los puertos bajo su control o influencia, dieron al traste con el proyecto. Así, antes de que las armas españolas pudieran siquiera asomarse a territorio enemigo, el Gobierno recibió las noticias de la alarmante situación en Filipinas y ordenó redirigir la flota hacia el archipiélago asiático, con la esperanza de forzar unas negociaciones que permitieran conservar al menos una parte del mismo. Pero tampoco en esto se tuvo éxito. El Gobierno egipcio, títere de Londres, no permitió a los buques españoles aprovisionarse de carbón en sus puertos, demostrando de nuevo la total orfandad internacional de la causa hispana en la guerra.

Quedó así truncado cualquier servicio que pudiera prestar el «Pelayo», un navío imponente al que los mandos estadounidenses tenían enorme respeto. El historiador Pablo de Azcárate cuenta en su libro «La guerra del 98» la «gran preocupación» que causaba a Dewey la eventual llegada al escenario filipino de «un buque como el “Pelayo”, superior a todos los que él tenía bajo su mando». La soledad diplomática española impidió que pudiera llegar a tiempo al teatro de operaciones.

La que era la última esperanza española se diluyó antes siquiera de que las armas que la sustentaban pudieran trabar combate, dando sentido a la queja del diputado Francisco Romero Robledo referida a la escuadra del almirante Cervera bloqueada en el puerto de Santiago de Cuba: «Las escuadras son para combatir (…) ¿Para qué nos sirven esas máquinas infernales que tantos sacrificios han costado al país?». No hubo contragolpe para España. Lo único que la historia le tenía deparado a España era el desastre.