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viernes, 23 de diciembre de 2011

El saqueo de las momias egipcias

Si por algo llama la atención la civilización faraónica es por su cercanía con la muerte. Su larga tradición funeraria refleja el esfuerzo invertido para hacer más llevadera la eternidad. Tumbas, tesoros y momias parecen querer retener al difunto en su hogar terrenal. Y es que la felicidad de todo egipcio pasaba por construirse un "bello enterramiento" en el valle del Nilo. En uno de los textos más apasionantes de la literatura egipcia, el desafortunado Sinuhé expresaba su ferviente deseo de regresar a Egipto para ser enterrado según la tradición. Exiliado en Siria-Palestina entre los beduinos, en caso de no volver, estaría condenado a tener como última morada un simple túmulo y, en lugar de un ataúd, la piel de un carnero. En otro relato, que cuenta la historia de Unamón, el protagonista evocaba desde la lejana Biblos su triste destino: "¿No ves las aves migratorias que, ya por segunda vez, descienden hacia Egipto? Míralas, van hacia las marismas. Y yo, ¿hasta cuándo habré de permanecer aquí abandonado?". 

La tumba era, pues, una obra en vida. Dado que el difunto se hacía acompañar de todo lo que necesitaría en su viaje al Más Allá, los más ricos se rodearon de un valioso ajuar. Además de objetos realizados en metales y piedras preciosas, incluían vestidos de lino o muebles. Con tanto tesoro escondido, no es extraño que Egipto sufriera la lacra del pillaje. Las sepulturas, especialmente las pertenecientes a faraones y reinas, fueron objeto de un saqueo sistemático. Poco podía hacer el dios Anubis, señor de la orilla occidental y protector de las necrópolis, para salvaguardar su feudo sagrado.

La venganza de la momia
La arqueología demuestra que desde las primeras épocas, cuando las tumbas consistían apenas en hoyos excavados en el desierto, los robos eran ya una práctica habitual. Con el tiempo nació una elite que invertía gran parte de su capital en el ajuar funerario, y las riquezas de ultratumba no dejaron de tentar a los más espabilados. Pero fue sobre todo en épocas de crisis cuando aumentaron los saqueos, pues la administración era incapaz de organizar la vigilancia de las necrópolis. La sensación de inseguridad marcó muy pronto la mentalidad de los egipcios. Numerosos textos, como Las lamentaciones de Ipuwer, denuncian el estado de abandono de muchas sepulturas. Se relata con estupor cómo "las pirámides han sido vaciadas", pues "el ladrón está en cualquier lugar". 

Ruinas del templo funerario de la reina Hatshepsut. 
Conscientes de la vulnerabilidad de sus moradas de eternidad, se sirvieron de la magia para protegerlas. Escribieron en su interior mensajes amenazadores para todo aquel que intentara hacer daño a la momia. El difunto apela a la justicia divina, pero, por si acaso, advierte de castigos. Por ejemplo, "retorceré su cuello como a una oca", o "que un cocodrilo le ataque en el agua, que una serpiente le ataque en la tierra, a aquel que haga algo contra esto (la tumba)". En cada uno de los cuatro puntos cardinales de la cámara que contenía el ataúd, se solía colocar un "ladrillo mágico" de barro con fórmulas de protección para crear un espacio invulnerable. Pero, aun así, el balance es desolador. Sabemos que en ocasiones el robo ocurría muy poco después del cierre de las tumbas, y en otras cuando caían en el olvido. En ciertos casos existen pruebas de que los ladrones tuvieron que abandonar rápidamente su empeño, como en el caso de la tumba de Tutankhamón, pero en otros el desvalijamiento fue completo. 

El tipo de sepultura nunca fue un obstáculo. Hoy por hoy se puede afirmar que todas las pirámides han sido saqueadas. El hecho de que a principios del Reino Nuevo (ss. XVI-XI a.C.) las tumbas pasasen a excavarse en los desfiladeros de las montañas tampoco disuadió a los delincuentes. El cambio respondió a una nueva tradición funeraria asociada al mundo subterráneo de Osiris, pero ciertamente se volvieron menos accesibles. Es el caso de las necrópolis de Tebas, con el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas a la cabeza. En ocasiones estaban situadas en lugares infranqueables y, una vez cerrada, la entrada quedaba discretamente oculta con piedras. Cuando, a finales del Reino Nuevo, las tumbas se construyeron en el valle, con una entrada bien visible, muchas de ellas quedaban camufladas por las aguas torrenciales.

Corrupción en la necrópolis

Pero la historia de los robos de tumbas en Egipto es en su mayor parte silenciosa. La falta de documentación de los primeros períodos está generosamente compensada por el gran número de papiros que se han conservado a partir del Reino Nuevo. Su estudio ha revelado que fue a finales de la época ramésida (última parte del período) cuando el pillaje puso en jaque al Estado. Los robos fueron tan generalizados que, más allá del delito, mostraban que eran producto, como ha calificado el egiptólogo Pascal Vernus, de una profunda crisis de valores. La sociedad del momento buscaba un enriquecimiento fácil en medio de una profunda crisis económica. El precio exagerado de los productos básicos y la corrupción extendida eran un buen caldo de cultivo. El robo era tácitamente aceptado en esta economía de trueque, pues los objetos circulaban libremente sin reparar en su procedencia. Así, por ejemplo, la esposa de un ladrón confesaba al tomársele declaración: "Tomé la parte (del botín) de mi marido y la guardé en la despensa; luego tomé un deben (medida egipcia) de plata de allí y lo usé para comprar grano". 

El Estado egipcio contraatacó endureciendo la legislación del Derecho criminal. Por cada denuncia de robo se crearon comisiones de investigación. Para esclarecer los hechos, se verificaba in situ el estado de las tumbas. Se practicaban interrogatorios a los sospechosos, durante los cuales se les llegaba a golpear con un palo o a retorcer pies y manos. Todo ello quedaba expuesto en largos procesos judiciales. La sentencia para los más afortunados consistía en diversos castigos corporales, como cortar orejas o nariz, aunque la pena por robo era normalmente la muerte, dictada por el faraón. En este clima, la vigilancia de las necrópolis se volvió fundamental, y a esta labor se consagró un cuerpo de policía. En el Valle de los Reyes, los llamados medjay vigilaban desde distintos puestos la zona de los hurtos y de las incesantes incursiones de bandidos libios. En otro cementerio de gran relevancia como fue el de Amarna, fundado por el faraón Ákhenatón, aún existe el entramado de caminos por los que patrullaban los vigilantes.

Restos del poblado de artistas situado en Deir el Medina.
Este escenario turbulento nos es conocido gracias a un gran número de actas que detallan meticulosamente los numerosos juicios acaecidos bajo los reinados de Ramsés IX, Ramsés X y Ramsés XI. Su estudio muestra que son bandas muy bien organizadas que cubrían la completa logística del robo. Desde agentes de comercio que sacaban las piezas al mercado y barqueros para cruzar el río hasta canteros para abrir los túneles a través de la piedra y fundidores para obtener oro, plata y, sobre todo, cobre. Lo más sorprendente es que las acusaciones salpicaron también a las esferas públicas. Dado que la vigilancia era cada vez mayor, los ladrones tuvieron necesariamente que contar con cómplices en la administración. Escribas, jefes locales, guardianes de la necrópolis e incluso miembros de los templos aparecen entre los acusados que, como poco, se dedicaron a aceptar sobornos.

Ladrones y ladronzuelos

Los papiros ramésidas nos brindan una información privilegiada. Detallan las confesiones de los acusados poniendo nombre e historias a estos ladrones. Dramas personales como el de una viuda que ve cómo los cómplices de su marido difunto le reclaman su parte del botín. Muchos de ellos vivían en la región, sobre todo en la localidad de Maiunehes, a pocos kilómetros de Tebas. La red de traficantes implicaba a veces a varios miembros de una misma familia. Y, en ocasiones, a gentes tan insospechadas como un grupo de hombres de la región de El Fayum, lugar donde casualmente se encontraba uno de los harenes reales y, según algunos autores, posible destino de piezas robadas. El negocio era lucrativo para todos. Un dato es significativo: analizando el célebre affaire del robo de la tumba de Sobekemsaf II, un faraón poco relevante en la historia, se ha calculado que el botín de cada uno de los ladrones ascendió a 20 deben de oro (1,82 kg). Es decir, 1.440 veces el poder adquisitivo del salario anual en cereales de un jefe de obras. El cabecilla de esta banda confesaba sin pudor ante los jueces: "Entonces yo, junto con los otros ladrones que estaban conmigo, continué hasta hoy practicando el robo de las tumbas de los nobles... Gran número de gentes del país las roban también...".

Pero si en algún lugar la palabra robo se consideraba un agravio era entre los miembros de la aldea de artistas de Deir el Medina. Ellos fueron los encargados de construir las tumbas del Valle de los Reyes y, por tanto, conocían los secretos de su localización y contenido. Una sospecha suponía el desprestigio para toda la comunidad. Por eso, cada uno de ellos estaba obligado por juramento a denunciar cualquier intriga, so pena de ser considerado cómplice. Motivos para el delito no les faltaban, pues, al grito de "tenemos hambre", mostraron su desesperación ante el impago de los sueldos y los almacenes vacíos de grano. Los culpables eran juzgados por el propio tribunal de la ciudad, que no siempre acertó en su veredicto. El pintor Amenua fue absuelto de haber participado en el robo de la tumba de Ramsés III, cuyo botín, en realidad, había escondido en el sótano de su casa, como han descubierto los arqueólogos.

Pero el caso más llamativo ocurrido en Deir el Medina fue la actuación contra uno de los suyos, el capataz Paneb, relatada en el Papiro Salt 124 (hoy en el British Museum). Paneb vivió durante el reinado de Seti II y fue uno de los miembros más influyentes, en calidad de jefe de uno de los dos equipos de trabajo. Su conducta ambiciosa y violenta le acarreó no pocos enemigos. Fue precisamente uno de ellos, Amennakht, hermano de su antecesor en el cargo, quien presentó las denuncias. Entre los delitos estaba el de pillaje de varias tumbas. Se le acusó de haber sustraído piedras y parte del mobiliario de la sepultura del propio Seti II, cuya construcción estaba a su cargo. El tribunal creyó erróneamente en la inocencia de Paneb, porque dichas piedras se han encontrado reutilizadas en el interior de la tumba del capataz. Sin embargo, parece que éste no se libró de la acusación de robo en la tumba de Henutmira, una de las esposas de Ramsés II, en el Valle de las Reinas. El hallazgo en su casa de un objeto procedente del ajuar de la Reina le delató. Paneb desaparece de las crónicas de la aldea, probablemente por ser condenado a muerte. Corría el año 6 de Ramsés III, a principios del s. XII a.C.

Medinet Habu, antiguo centro administrativo egipcio. 
Tierra de nadie

Desde el reinado de Ramsés IX, a finales de ese mismo siglo, la situación en la orilla occidental de Tebas se volvió incontrolable. Se cayó en un círculo vicioso en el que nada parecía librarse del saqueo. La tumba de la reina Isis, esposa de Ramsés III, que se inspeccionó en el año 16 de Ramsés IX y se halló intacta, fue desvalijada solo catorce meses después. Incluso los grandes templos funerarios, como el Rameseo o el templo de Medinet Habu, fueron objeto de continuos robos. A Piankhy, el sumo sacerdote de Tebas, se le ocurrió financiar su guerra con Nubia con los tesoros extraídos de las tumbas que él mismo ordenó abrir. La situación política no era menos complicada. Egipto pasaba por uno de sus momentos más difíciles, con una separación de poderes entre el norte y el sur como solución a la crisis. En el año 19 del reinado de Ramsés XI, quien seguía gobernando desde la ciudad de Pi-Ramsés, Tebas nombró como soberano a Herihor, el sumo sacerdote de Amón. Comenzaba así una nueva era también en la historia de los robos de las necrópolis tebanas. Los papiros reflejan que se intensificaron la vigilancia y los arrestos. Y es muy curioso que uno de los instigadores, el alcalde Pauraa, fuese el mismo que años atrás había sido acusado de pillaje. 

En tiempos caóticos, soluciones drásticas. Esto es lo que debió de pensar Herihor cuando decidió trasladar la momia de Ramsés II, llamado el Grande, a la tumba de su antecesor, Seti I, convertida en una especie de tumba colectiva. Hasta entonces, las autoridades se habían limitado a realizar inspecciones periódicas y a restaurar alguna de las sepulturas. Pero los sacerdotes tebanos de las dinastías XXI y XXII fueron más allá, recopilando las momias de sus venerables faraones ante la inseguridad que reinaba en el Valle de los Reyes. Las sacaron de sus tumbas originales y las escondieron en lugares seguros. Fueron desprovistas de sus joyas y amuletos y nuevamente vendadas, y en la tela se inscribió el registro de su nueva aventura. Durante el gobierno del sumo sacerdote Pinedjem se escogió la tumba de Amenhotep II (KV 35) en el Valle de los Reyes, donde se han encontrado los cuerpos de Tutmosis IV, Amenhotep III, Mereptah, Seti II, Siptah, Ramsés IV, Ramsés V o Ramsés VI. Años más tarde, otras momias fueron trasladadas a una inaccesible sepultura situada en Deir el Bahari (la TT 320), propiedad de la reina Inhapi, de principios del Reino Nuevo. En ella se almacenaron cerca de cincuenta cuerpos, incluyendo reyes de la dinastía XVII a la XXI. Entre ellos figuraban Seqenenra, Amosis I, Amenhotep I, Tutmosis I, Tutmosis III, Seti I, Ramsés II, Ramsés III y Ramsés IX. Otros tres escondrijos se han descubierto con numerosas momias de sacerdotes tebanos. ¿Dónde fue a parar entonces el ajuar de estos grandes faraones? Este acto supuestamente piadoso no deja indiferentes a los historiadores, que dudan del altruismo de la cruzada. El asunto reportó al Estado una cantidad de oro y plata que compensaba la falta de ingresos de la nueva dinastía. Parte de los tesoros se han encontrado reutilizados en las tumbas de los monarcas de las dinastías XXI y XXII localizadas en la nueva necrópolis real de Tanis, y otra parte seguramente debió de desaparecer al fundirse.

EL MAYOR JUICIO DEL ANTIGUO EGIPTO 

Un proceso por apropación indebida que se acabó convirtiendo en circo

Sobekemsaf II
  • DOS ALCALDES Si hay que destacar un juicio por robo de tumbas, sería el celebrado en Tebas en el año 16 del reinado de Ramsés IX, a finales del siglo XII a.C. En este affaire se vieron implicados altos cargos de la administración y miembros del clero de la ciudad. Lo acontecido lo relatan minuciosamente varios papiros, que desvelan una rocambolesca historia de rivalidades y poder. Los protagonistas fueron Paser (alcalde de Tebas-este) y Pauraa (alcalde de Tebas-oeste, donde se localizan los cementerios, y jefe de la policía de Deir el Medina).
  • COMISIÓN VENDIDA El escándalo se produjo cuando Paser denunció a Pauraa por robo en las necrópolis tebanas. La acusación era muy grave, pues implicaba que el delito se cometía con el consentimiento de Pauraa -quien debía velar por su seguridad- y la complicidad de los obreros de Deir el Medina. Comenzó entonces un juego de acusaciones que sublevó a los habitantes de la aldea contra Paser. La comisión de investigación, creada por el propio Pauraa claramente en su defensa, no fue objetiva. Solo tuvo en consideración el saqueo de la pirámide del rey Sobekemsaf II, obviando otros pillajes descubiertos y exculpando a los artesanos. El juicio tuvo lugar en el templo de Karnak. Pauraa utilizó bien sus influencias políticas. Contando con el apoyo de gran parte del tribunal y, sobre todo, del gobernador de Tebas, logró salir indemne del caso.
  • ALBOROTO COLATERAL Pero con los interrogatorios se destapó otro asunto: que gran parte de los implicados en el robo de la tumba de Sobekemsaf eran miembros del personal de los templos de la región. El cantero Amonpanefer revela haberlo dirigido. Detalla que eran una banda de ocho personas. Habían entrado por un túnel excavado desde la vecina tumba de Nebamon. Al llegar a la cámara funeraria, hallaron los ataúdes del Rey y la Reina. Los abrieron y desvalijaron las momias, llevándose, además, todo el mobiliario que pudieron transportar. Seguidamente, prendieron fuego a los sarcófagos. Fueron descubiertos pocos días después, y parte del botín se fue en sobornos para librarse de la prisión. De nuevo ante el tribunal, los ladrones fueron encarcelados y condenados.
EL PERIPLO DE LA MOMIA DE RAMSES

Los restos del Monarca, dando tumbos durante casi mil años

Momia de Ramsés II
  • PRIMERAS SACUDIDAS  Ramsés II se hizo construir su tumba en el Valle de los Reyes (KV 7), muy cerca de la de Tutankhamón. En el papiro de la huelga de Deir el Medina se nos informa de que, ya en el año 29 del reinado de Ramsés III, sufrió un intento de robo. Con el tiempo quedó prácticamente abandonada, a raíz de las incesantes inundaciones a las que se veía expuesta. El destino final de la momia fue extraordinario. En el año 6 del Renacimiento (25 de Ramsés XI), Herihor la sacó de su tumba, cambió los vendajes y la trasladó a la sepultura de su padre, Seti I. Ya en el reinado de Siamón, se decidió ocultarla en el escondrijo de Deir el Baharí.
  • A UNA CAJA CUALQUIERA  Fue colocada en un discreto ataúd de madera procedente de la dinastía XVIII, donde se inscribió un pequeño texto describiendo el evento. Los sacerdotes tardaron tres días nada menos en depositar el cuerpo de Ramsés II y el de los otros soberanos en su nuevo hogar.
  • POR FIN LA RESTAURACIÓN  Cuando el escondrijo fue descubierto por Gastón Maspero en 1881, Ramsés II y sus compañeros de eternidad fueron trasladados en barco al museo de Bulaq, en El Cairo. Se cuenta que los propios egipcios vivieron el viaje como una auténtica ceremonia de duelo, despidiendo al Soberano desde la orilla. Con los años, las momias reales se colocaron en distintas salas en condiciones poco adecuadas. La alarma saltó tras años expuestas a los visitantes, durante los cuales el cuerpo de Ramsés II se deterioró considerablemente. En septiembre de 1976, Ramsés II abandonó el museo cairota para dirigirse al Museo del Hombre de París, donde fue recibido como un verdadero jefe de Estado. Su momia fue investigada y restaurada.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los últimos en llegar a los tesoros egipcios

Tras el Egipto de los faraones se intensificaron los saqueos y la venta ilegal de hallazgos. La arqueología no iba a encontrar demasiadas tumbas intactas.


La Gran Esfinge con la pirámide de Keops al fondo,
la mayor del conjubto de Giza.
Con el ocaso de la civilización faraónica, Egipto pasó a formar parte del reducido grupo de culturas en que el mito es más fuerte que la historia. Un mito alimentado por innumerables relatos sobre sus maravillas escondidas. El fenómeno de la egiptomanía, un gusto desbordado por todo lo procedente del valle del Nilo, comenzó a gestarse muy pronto. Los relatos de los viajeros grecorromanos se confunden con las primeras páginas de la historia de Egipto, y los obeliscos traídos por los emperadores romanos a Europa se cuentan entre los primeros casos de expolio. Siendo una tierra virgen para aventureros y cazatesoros, el patrimonio egipcio comenzó a dispersarse silenciosa y lentamente fuera de sus fronteras. La búsqueda de tumbas intactas se convirtió en un oficio, y la venta de los objetos robados, en un negocio no demasiado clandestino. Se tardará siglos en regularizar el pasado material de los faraones.

Si los propios egipcios llegaron a considerar útil el reciclaje de sus riquezas en forma de un saqueo paulatino, la desaparición del último faraón dio el pistoletazo de salida a una actividad lucrativa al alcance de la mano. Con la llegada del cristianismo y, sobre todo, la larga ocupación árabe, la búsqueda de tesoros nunca cesó, a pesar del desdén mostrado hacia el pasado faraónico. La literatura árabe desarrolló una imaginería desbordante sobre este tema, alimentada por la creencia popular de que los monumentos antiguos estaban protegidos por genios. En los cuentos de Las mil y una noches se menciona una pirámide que contiene "cámaras llenas de piedras preciosas y de valiosos tesoros, de imágenes raras y armas costosísimas ungidas con óleos mágicos". Esta quimera impulsó, por ejemplo, al califa de Bagdad Al-Mamun a principios del siglo IX a abrir una entrada y acceder al interior de la célebre pirámide de Keops, aprovechando las galerías que ya habían excavado los ladrones de la Antigüedad. 

Fruto de este interés general son unos curiosos libros escritos a la manera de verdaderos mapas del tesoro. Aportaban información sobre la localización exacta de tumbas, las herramientas necesarias para derribar los obstáculos, las fórmulas mágicas para neutralizar a los guardias o transformar los metales... Estas lecturas tuvieron numerosos adeptos incluso entre los aventureros del siglo XVIII. Su éxito alentó un pillaje indiscriminado, que afectó sobre todo a gran parte de las pirámides de la región de Menfis.

De entre estos manuscritos, el más divulgado fue el que lleva por título Libro de las perlas enterradas y del preciado misterio referente a las indicaciones de los escondrijos de hallazgos y tesoros, fechado en el siglo XV. En sus páginas se hace referencia a todo tipo de monumentos de Egipto y de todas las épocas. En relación con la gran pirámide de Giza, explica al ávido lector: "Diríjase hacia la esfinge y mida a partir de su cara, en la dirección sudeste, doce codos [...]; descubrirá una trampilla [...]. Despéjela de la arena que la cubre y levántela para avanzar hacia la puerta [...]. Verá [...] montones de plata, rubís, perlas finas, estatuas e ídolos de oro y plata [...]. Tome lo que quiera". Esta obra fue traducida y publicada en 1907 por orden del Servicio de Antigüedades egipcio. En el prólogo, su autor denuncia tristemente que "ha arruinado más monumentos que las guerras o los siglos", y con su divulgación se espera desalentar a ingenuos cazatesoros. El objetivo de la publicación era que no se viese como un libro de revelaciones secretas, sino como lo que era, un puñado de leyendas.

Stop a los saqueos

Brazalete de la la reina Ahhotep, en oro y
lapislázuri, con imágenes de dioses s.XVI a.C.
La preservación del patrimonio egipcio era tarea compleja. El virrey Mohammed Ali (1769-1849) seguía considerándolo una moneda de cambio con que satisfacer la curiosidad de los europeos y obtener las ayudas económicas que financiaran su proceso de modernización del país. No existían normas ni un centro regulador, y aunque toda excavación debía contar con el firman (permiso) del pachá, los objetos acababan en manos de coleccionistas, turistas y viajeros. Los museos de Europa y Estados Unidos se convirtieron en verdaderos impulsores del mercado negro, pues parte de sus colecciones se compraban a locales aun conociendo su origen ilícito. Con el objetivo de detener los continuos robos, se aprobó en 1835 un decreto por el cual quedaba prohibida la exportación de cualquier tipo de antigüedad procedente de todo Egipto, y se sentaban las bases para la creación de un lugar donde reunirlas. Pero habría que esperar a la creación del Servicio de Conservación de Antigüedades en 1857 para ver las primeras acciones contundentes contra el pillaje. Su primer director fue Auguste Mariette, que a partir de entonces se volcó en la recuperación del patrimonio y la vigilancia de las excavaciones clandestinas. Cambiar la mentalidad de la época no iba a ser fácil. En 1859, cuando se descubrió la tumba tebana de la reina Ahhotep con un impresionante ajuar, el francés tuvo que intervenir de urgencia para que las joyas no partieran rumbo a El Cairo como regalo al visir Said Pacha. Los primeros pasos de este organismo se encaminaron también hacia la creación de un museo -origen de la actual pinacoteca-, que abrió finalmente sus puertas en 1863. Mariette escogió un emplazamiento en el puerto de Bulaq: las oficinas abandonadas de una compañía naviera. Se quería imponer una nueva política de reparto por la que las excavaciones debían presentar al museo todos los objetos encontrados. Éste decidiría cuáles de ellos engrosarían sus fondos, mientras que el resto podría ser comercializado. Las ganancias con estas ventas controladas debían servir para la financiación de nuevas excavaciones. La sombra proyectada por el servicio, siempre en manos francesas, comenzó a dar sus frutos. En 1883 se estableció que los museos como el de Bulaq, con colecciones de piezas anteriores a la conquista árabe, pasaban a formar parte del dominio público egipcio. Más tarde, con el decreto del 12 de agosto de 1897, se dispusieron incluso penas de prisión para los expoliadores. Estos primeros logros fueron el origen de la actual ley, que data de 1983. En ella se penaliza duramente el tráfico de antigüedades.

Gurna y sus secretos

Todavía a finales del siglo XIX, la suerte de encontrar un tesoro escondido era tanta como difícil guardar el secreto. Es lo que ocurrió con uno de los hallazgos más sorprendentes de los últimos tiempos: el descubrimiento del escondrijo de momias de Deir el Bahari. La alarma saltó en 1874, cuando un gran número de piezas nuevas entraron en circulación en el mercado negro. A tenor de las informaciones, eran objetos procedentes de una tumba de la dinastía XXI abierta clandestinamente. Cuando Gastón Maspero, sucesor de Mariette como director del Servicio de Antigüedades, tuvo conocimiento de los hechos, emprendió una investigación contra reloj sin resultados. Durante varios años, el hermetismo se cernió sobre la identidad de los ladrones y la localización de la sepultura. En 1881, gracias a la intervención del coleccionista americano Charles Wilbour, que llegó a Luxor en ayuda de Maspero, empezó a arrojarse luz sobre el origen de las piezas. Las pistas condujeron a una familia bien conocida en estos menesteres: los Abd el Rassul. Vivían en Gurna, aldea que se había construido sobre las antiguas tumbas de los nobles en la orilla occidental de Tebas. Los cabecillas eran tres hermanos. Ahmed, el más joven, fue interrogado y, a falta de pruebas, puesto en libertad. Una vez en casa pidió la mitad del botín en compensación por su estancia en la cárcel. Tras una pelea entre los hermanos y presionado por la familia, el mayor, Mohammed, confesó el delito el 25 de junio de ese año. Explicó cómo descubrieron la tumba un decenio antes. Un día, mientras pastaba su ganado, fueron a buscar una de las cabras, que se había alejado y caído en un pozo. Durante años fueron extrayendo objetos del enterramiento como si de una cuenta bancaria se tratara. 

Ante la ausencia de Maspero, en ese momento en Francia, fue su ayudante Emile Brugsch quien tuvo el honor de entrar en la tumba. Un pozo vertical conducía a una galería de 70 metros de longitud, que desembocaba en una cámara. Ante él apareció una visión increíble: numerosos ataúdes esparcidos en el suelo, pertenecientes a faraones del Reino Nuevo y a sacerdotes de la XXI dinastía y sus familias. Entre el 5 y el 11 de julio hizo vaciar apresuradamente la sepultura, sin apenas tomar notas, y trasladó todo su contenido al Museo de Bulaq. Maspero relató después que los egipcios presenciaban solemnemente el paso del barco en estado de duelo. Sin embargo, el escriba de la oficina de registro que debía aplicar el impuesto sobre los productos, confuso ante tan peculiar mercancía, decidió atribuirle la modesta tasa del pescado seco.

La revancha de Tutankhamón

En Deir el Bahari se encontró otro escondrijo con momias de sacerdotes. Paradójicamente, Mohammed Abd el Rassul, recién nombrado guardián de la necrópolis tebana, era quien estaba al frente de su vigilancia. Poco después, en marzo de 1898, el egiptólogo Victor Loret descubrió un segundo escondrijo en el Valle de los Reyes. Era la tumba destinada a Amenhotep II, que sirvió como almacén para otro gran grupo de momias reales. En 1901 acabó saqueada de nuevo, y el inspector general de los monumentos del Alto Egipto, por entonces Howard Cárter, se encargó de las investigaciones. 

Fue casualmente el célebre inglés, con su descubrimiento de la tumba de Tutankhamón en 1922, quien desencadenó el debate sobre los derechos de propiedad de los que excavan y de los mecenas que los financian. El hallazgo del tesoro del joven faraón destapó las diferencias con Pierre Lacau, el nuevo director del Servicio de Antigüedades y sucesor de Maspero. Con la ley de antigüedades vigente de 1912, solo se aceptaban proyectos avalados por una entidad cultural. La ley otorgaba al Estado egipcio la libertad de conceder el 50% de las piezas a los descubridores, reservándose el derecho a retener todo aquello que considerase oportuno. Pero la decisión de Lacau de no ceder ninguno de los objetos de la tumba de Tutankhamón desató la ira del inglés y el descontento de muchos occidentales, que contaban también con hacer negocio. La subida al poder del partido nacionalista dio el respaldo necesario a la decisión de Lacau de no exportar o trasladar objetos egipcios dentro o fuera del país sin el consentimiento del todopoderoso Servicio de Antigüedades. La muerte de lord Carnarvon (mecenas de Cárter) en 1923 encendió la imaginación occidental en torno a las maldiciones sobre los que profanasen tumbas. En realidad, en 10 años solo murieron seis de las 26 personas que presenciaron la apertura de la tumba de Tutankhamón. Quizá "la venganza del faraón" era otra: el fin de la búsqueda de la tumba intacta y del tesoro fácil. Se iniciaba una nueva época en la arqueología de Egipto. 

Howard Carter
Howard Carter examina el sarcófago de
Tutankhamón. Fotografía coloreada, 1922.
Según las creencias egipcias, la tumba era el lugar donde se hacía vivir una parte esencial del ser humano: el nombre. Su olvido suponía la verdadera muerte. Miles de años después, objetos y cuerpos cuidadosamente protegidos del tiempo quedaron expuestos a la mirada de aventureros y arqueólogos. Queda al menos el consuelo de saber que sus nombres continúan siendo recordados. Una inscripción fechada en el Reino Nuevo reza: "He erigido para mí una tumba excelente en mi ciudad de la eternidad. He adornado muy bien mi enterramiento en la roca, en el desierto de la eternidad. Que dure mi nombre entre los vivos, sea bueno el recuerdo que guarden de mí los hombres tras los años que vendrán".

GURUNA REFUGIO DE LADRONES

La trayectoria del pueblo construido sobre la necrópolis tebana.

  • UN OFICIO LOCAL La aldea de Gurna (Al-Gurna), en la orilla occidental de Tebas, tenía sus días contados. Sus habitantes fueron construyendo precariamente sus casas sobre las tumbas de antiguos nobles, llegando incluso a instalarse dentro de algunas cámaras. Hoy en día es el hogar de muchos guías, guardas de monumentos o artesanos del alabastro. De hecho, la aldea es en sí un reclamo turístico, no solo por sus fachadas pintadas con originales motivos y llamativos colores , sino por la leyenda negra forjada sobre saqueadores de tumbas. Desde el siglo XIX, los arqueólogos no fueron los únicos en peinar los parajes de la región tebana en busca de tesoros. La sombra del tráfico de antigüedades empaña la historia del lugar.
  • LA ALDEA FANTASMA Sin embargo, el tener tan cerca las riquezas de sus antepasados ha sido también su perdición. Las autoridades egipcias tomaron la decisión de desalojar la aldea para evitar más pillajes y excavar la necrópolis al completo. Entre 1945 y 1949 se construyó en las cercanías Nueva Gurna. Un proyecto novedoso del arquitecto Hassan Fathy que, con materiales autóctonos de bajo coste como el adobe y aplicando técnicas locales, rediseñaba la vida de toda una comunidad (con mezquita, escuelas, mercados...). Como era de esperar, no se llegó a finalizar, y pocas familias estuvieron dispuestas a abandonar sus antiguas formas de vida. Finalmente, en 2006 se procedió, no sin polémica, al desalojo de los cerca de veinte mil habitantes que quedaban en Gurna.
EL PROVEEDOR DEL LOUVRE

Auguste Mariette y su sueño de convertirse en arqueólogo

 Auguste Mariette
  • AUTODIDACTA CON SUERTE  Hombre polifacético e intrépido, Auguste Mariette fue una de las grandes figuras de la egiptología. Profesor en una pequeña localidad francesa, acabó por dedicar su vida a la arqueología egipcia. Se inició con los trabajos de su primo, dibujante de Champollion (el descifrador de los jeroglíficos), y después se labró una brillante carrera autodidacta. A finales de 1850, poco después de llegar a Egipto, la fortuna le sonrió en Saqqara, en forma de avenida de esfinges ocultas bajo la arena. Su excavación dio con uno de los hallazgos más importantes del antiguo Egipto: el Serapeum, la impresionante tumba subterránea donde reposan los sarcófagos de los toros sagrados de Apis. Convertido en una celebridad, y con ayuda de sus numerosos contactos, continuó excavando, al tiempo que nutría la colección del Louvre o la del príncipe Napoleón, primo del emperador francés Napoleón III.
  • LUCHAR CONTRA EL PILLAJE  Pero su principal aliado fue el virrey Said Pacha, que puso a disposición de Mariette los medios necesarios para llevar a cabo su verdadero sueño: proteger los monumentos de Egipto más allá de los intereses políticos y luchar contra las excavaciones clandestinas. Como director del Servicio de Antigüedades, ejerció labores de arqueólogo y diplomático, que le llevaron a participar en trabajos tan insólitos como la organización de la ópera Aída, concebida para celebrar la inauguración del canal de Suez. Fue el responsable del argumento, la escenografía y el original vestuario. A su muerte fue enterrado en el jardín del Museo de Bulaq, en una hermosa tumba de mármol. Como él mismo dijo en referencia a los jeroglíficos: "El pato egipcio es un animal peligroso: un picotazo, te inocula el veneno y eres egiptólogo de por vida".

miércoles, 16 de noviembre de 2011

España vuelve a la tumba egipcia de Djehuty


El Proyecto Djehuty, que un equipo de egiptólogos españoles del CSIC desarrolla en Luxor (Egipto) desde hace una década, volverá en enero a la tumba del noble faraónico, gracias a la 'inyección' económica que ha recibido de Unión Fenosa Gas, 300.000 euros para dos campañas.

El convenio ha sido suscrito entre José María Egea, presidente de Unión Fenosa Gas, y Rafael Rodrigo del CSIC, con la presencia de la ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia.

Los investigadores están documentando los 2.000 años de historia de una necrópolis en el que los enterramientos se reutilizaron a lo largo del tiempo, en torno a las tumbas de los nobles Djehuty y Hery.

En julio, los responsables de este equipo ya habían manifestado su temor de quedarse sin fondos para continuar con el que es uno de los proyectos españoles en el extranjero más emblemático, dado que su anterior patrocinador, Caja Madrid, no estaba en condiciones de seguir apoyándoles. "Ha sido una auténtica suerte que Unión Fenosa Gas haya dado este empujón al proyecto Djehuty porque nos asegura fondos para excavar y también para restaurar", señala su responsable, José Manuel Galán.

Próxima campaña

Los arqueólogos tienen previsto regresar a Luxor el 9 de enero; en total, unos 14 españoles y varios expertos extranjeros, que retomarán los trabajos que el año pasado tuvieron que dejar inconclusos (sobre su plan previsto) debido a las revueltas de la 'Primavera árabe', que acabaron con el derrocamiento de Hosni Mubarak. Con él, finalmente, cayó también Zahi Hawass, máximo responsable del departamento de Antigüedades de Egipto, al que había nombrado ministro 'in extremis'.

En esta ocasión, se incorporarán un experto estadounidense que realizará radiografías de las momias de animales, como halcones e ibis, que fueron localizados en la anterior campaña dentro de una galería de la época Ptolemaica, en el siglo II a. de C. También les acompaña un arquitecto que tiene previsto hacer reconstrucciones en tres dimensiones de las tumbas, para que puedan ser visitadas 'virtualmente' a través de internet.

Galán ya tiene elaborado el plan de trabajo. Por un lado, su grupo excavará en el pozo funerario de Hery, que fue descubierto este mismo año y que se cree que tiene cinco metros hasta la cámara sepulcral. Y otra parte del equipo excavará fuera, junto al patio de Djehuty, el lugar donde también la pasada campaña aparecieron más de 80 estatuillas funerarias.

Durante las tres semanas que permanecerán allí también tienen previsto seguir reconstruyendo las paredes de la tumba de Djehuty.

Ampliación del proyecto

Pero tan importante como los trabajos sobre el terreno son la restauración e investigación de lo que encuentran para el responsable del proyecto. "Gracias a la financiación de Unión Fenosa Gas en 2013 ampliaremos el equipo, pero sobre todo es importante contar con recursos para tener más personal, con contratos y becas, que nos ayuden a procesar los hallazgos", argumenta.

Galán confía en que este acuerdo se renueve en los próximos años, dado que Unión Fenosa Gas es la compañía española con más presencia en Egipto. "Realmente estamos muy contentos con su implicación y esperamos que continúe", asegura Galán, que a mediados de mes viajará a Egipto para ultimar los trámites burocráticos.
 

lunes, 24 de octubre de 2011

Egipto: no es oro todo lo que reluce

El historiados Toby Wilkinson condensa en un estudio tan erudito como ameno los tres mil años de esta civilización faraónica y arroja la luz sobre el lado oscuro 


Graduado en Egiptología por la Universidad de Cambridge y profesor del Clare College de la misma universidad, Toby Wilkinson sólo tenía cinco años cuando hojeando una enciclopedia, se sintió atraído por esa escritura hecha con dibujos que son los jeroglíficos, y seis cuando cayó en sus manos el libro que ilustraba una famosa exposición itinerante que deslumbró al mundo entero enseñando la máscara y los tesoros de la tumba de Tutankamón en los años 60. Con la narración de este descubrimiento comienza el prólogo el autor «Quedé maravillado ante las joyas, el oro y los extraños nombres de reyes y dioses. Esos tesoros sembraron en mí una semilla que años después terminaría de germinar y florecer». Así explica el origen de su pasión por la civilización de los faraones. sobre la que ha publicado seis libros y pronunciado multitud de conferencias.

Auge y caída del antiguo Egipto es el último y quizá su obra más ambiciosa. Está dividida en cinco partes diferenciadas. Cada una aborda un periodo significativo de la civilización egipcia. En su inicio, el autor llama la atención sobre una pequeña placa de pizarra de color negro verdoso grabada en sus dos caras con bajorrelieves y que se haya a la entrada del Museo Egipcio de El Cairo. Casi pasa desapercibida pero es uno de los documentos más importantes conservados. Su lugar destacado en el museo con mayor acervo sobre la cultura faraónica da testimonio de su trascendencia: es la paleta de Narmer, el objeto que señala el principio de la historia del antiguo Egipto y que para los egiptólogos se ha convertido en el símbolo del Egipto más ancestral. Las circunstancias de su desaabrimiento están rodeadas de misterio e incertidumbre. A partir de aquí, Wilkinson avanza por la larga lista de reyes que se van sucediendo a lo largo de sus numerosas dinastías hasta llegar a Cleopatra y Ptolomeo Cesarión. A su vez, de forma extensa y casi novelada, va revelando misterios y descubriendo detalles en un relato repleto de acontecimientos excepcionales sobre cómo fueron los primeros papiros, la construcción de templos y de las pirámides, las estatuas de bronce, los jeroglíficos, la conquista de Nubia, la revolución religiosa de Ajenatón, el poder y la belleza de Nefertiti, la vida y la muerte deTutankamón, la crueldad de Ramsés, la invasión de Alejandro Magno y la relación fatal de Cleopatra con Roma que acabó con la caída de Egipto.

kinson avanza por la larga lista de reyes que se van sucediendo a lo largo de sus numerosas dinastías hasta llegar a Cleopatra y Ptolomeo Cesarión. A su vez, de forma extensa y casi novelada, va revelando misterios y descubriendo detalles en un relato repleto de acontecimientos excepcionales sobre cómo fueron los primeros papiros, la construcción de templos y de las pirámides, las estarnas de bronce, los jeroglíficos, la conquista de Nubia, la revolución religiosa de Ajenatón, el poder y la belleza de Nefertiti, la vida y la muerte de Tutankamón, la crueldad de Ramsés, la invasión de Alejandro Magno y la relación fatal de Cleopatra con Roma que acabó con la caída de Egipto.

Howard Cárter, el señor de la momia

El 26 de noviembre de 1922, dos horas antes del ocaso, el egiptólogo inglés Howard Cárter  penetraba en un corredor tallado en la roca y excavado en el suelo del Valle de los Reyes. Cuatro días después, el anuncio del descubrimiento de la tumba de Tutankamón ocupó los titulares de prensa de todo el mundo. Había realizado el más grande y magnífico descubrimiento sobre la civilización antigua. El acontecimiento generó una oleada de interés mundial por conocer los tesoros y por la historia de los faraones. La egiptología experimentó un avance hasta entonces nunca conocido La máscara de oro de Tutankamón y los demás tesoros de su tumba despertaron en el niñoToby Wilkinson la pasión de su vida: Egipto.

Accesible al lector medio

El libro supone un inmenso estudio que abarca de forma cronológica la historia completa de esta gran cultura de la Antigüedad -algo que nadie había hecho en los ultimos 50 años desde que Alan Gardiner publicó El Egipto de los faraones- y pretende aprovechar los últimos avances de la arqueología y los esuidios realizados por académicas en todo el mundo en estos años para que no sólo sea una obra bien documentada, sino también atractiva y accesible para el lector medio. A pesar de los años, las civilizaciones antiguas, y en especial Egipto, siguen fascinando. Con esta obra, Wilkinson pretende mostrar una realidad mucho más compleja. Pese al poderoso testimonio de los deslumbrantes tesoros de los faraones, de sus espectaculares monumentos, sus magníficas obras de arte y sus logros culturales, el antiguo Kgipto tenía un lado oscuro. Los primeros faraones ya supieron comprender el extraordinario poder de la ideología para unir a personas dispares en su lealtad al Estado. «Los reyes explotaron herramientas de liderazgo que aún hoy siguen vigentes: el boato ceremonial en las apariciones públicas minuciosamente coreografiadas para diferenciar al soberano de la plebe, la pompa y el espectáculo de las grandes ocasiones de Estado, el fervor patriótico...», explica el profesor. Y también sabían de la eficacia de otros medios para mantener el poder y las utilizaban, como la propaganda política, la discriminación racial o la brutal represión de las disidencias. Lejos de sentirse inclinado a ver la cultura faraónica de forma entusiasta o con emocionada reverencia, sus años de estudio le han hecho incomodarse con ese otro aspecto más oscuro y menos deslumbrante. Según sostiene el autor, «nos deleitamos con las victorias militares, pero no reflexionamos sobre la brutalidad de la guerra: admiramos las pirámides, pero no pensamos en el sistema político que las llevó a cabo; nos emocionamos con el herético Ajenatón y sus obras, pero no sabemos cómo se vive bajo un soberano déspota y fanático. No faltan evidencias: desde sacrificios humanos -en la I Dinastía- a revueltas campesinas -bajo los Ptolomeos- y una relación entre el rey y sus súbditos basada en el temor y la coacción y no en el aprecio y la admiración». El poder utilizaba el miedo y la fuerza para salvaguardara las clases poderosas, y para realizar sus grandes construicciones recurrieron al trabajo forzoso y a la esclavitud en un claro desprecio por la vida humana. Wilkinson sostiene que precisamente estas premisas fueron las que, a la postre y, poco a poco, fueron minando su fortaleza y estabilidad. Destacando estos aspectos menos favorecedores de una civilización tan deslumbrante como la egipcia, el egiptólogo pretende proporcionar un panorama más completo y equilibrado que el que suele encontrarse en los manuales.

Los antiguos egipcios inventaron un concepto de Estado-nación que, 5.000 años después, aún está vigente. Su civilización duró tres milenios. Su longevidad se debe a que consiguieron un patrón arquetípico de Gobierno tan socialmente aceptado que, pese a los altibajos históricos, se prolongó durante cien generaciones.

Concepto de nación

Fueron el primer pueblo en compartir una cultura, una perspectiva y una identidad, dentro de un territorio definido y bajo una autoridad política común: su concepto de nación es el que sigue imperando en el mundo. Si los tres mil años de civilización faraónica contienen todos los elementos de una novela épica -cortes fastuosas, intrigas dinásticas, turbios asesinatos y batallas legendarias; historias individuales de heroísmo y villanía, de triunfo y de tragedia; mujeres poderosas y reyes despóticos-, parece que la realidad histórica es aún más sorprendente e interesante. El antiguo Egipto es sobre todo la historia de cómo se unió un reino dispar y de cómo se defendió de sus enemigos. Wilkinson combina un destacado registro narrativo con su detallado conocimiento de los jeroglíficos y la iconografía del poder para revelar toda la complejidad de este largo periodo y contamos la historia de una de las civilizaciones más influyentes y duraderas.

jueves, 17 de marzo de 2011

Tutankamón, el hombre detrás de la máscara


Mucha gente  ha quedado extasiada ante la máscara dorada de Tutankamón, maravillándose ante la destreza con que ha sido realizada, de sus materiales o por su mera belleza. No obstante, pocos piensan en la persona que la llevó durante miles de años y muchos menos saben que fue decapitado por los arqueólogos para poder sacar la máscara y presentársela al mundo.

Tutankamón nació hacia 1334 a. C., probablemente en Amarna, la ciudad de su padre Ajenatón (aunque los expertos difieren sobre el linaje del niño rey). Ajenatón fue un reformador religioso que cerró todos los templos de Egipto y trasvasó todos los cultos que estos recibían hacia el culto de Atón, el disco solar, la deidad que se adoraba en Amarna. Debido a este cambio religioso, muchos asumen erróneamente que Ajenatón era monoteísta. Aunque prohibió que se adorase a ningún otro dios que no fuera Atón, únicamente el faraón y la familia real podrían adorarlo de manera directa. El resto únicamente tenía acceso al dios a través del propio Ajenatón, casi como si se igualara a la deidad. Por lo tanto, había dos dioses: Atón y Ajenatón.

Ajenatón concentró todas sus energías en su nueva ciudad y en su religión. Raramente abandonó las fronteras de Amarna, lo que puede que resultara apropiado para un sacerdote, aunque no para un rey.  Así, el poder que Egipto ejercía sobre Oriente Próximo poco a poco empezó a verse debilitado al dejar desatendidos a sus estados vasallos y permitir que el cada vez más poderoso ejército hitita se hiciese con el control de la región.
Tutankamón llegó al mundo en medio de esta época de inestabilidad política y fervor religioso. Creció en Amarna, a salvo de la inquietud política que se sentía por todo el país. Cuando Tutankamón contaba con tan sólo ocho años de edad, una plaga asoló la ciudad y acabó con gran parte de su familia, con lo que el pequeño se vio inmerso de golpe en la vida política adulta al ser coronado rey.

Tras diez años de reinado, Tutankamón murió a los 18 años de edad. Hay quien piensa que fue asesinado justo cuando estaba a punto de alcanzar una edad en la que ya resultaba difícil de controlar. No obstante, según los resultados de la tomografía computerizada llevada a cabo en 2005, en su cadáver no aparece ningún indicio al respecto. Aún así, no cabe duda de que el debate sobre las causas de su muerte seguirá trayendo cola durante muchos años. No se han publicado demasiados estudios que traten los 18 años de vida de Tutankamón, aunque en su tumba aparecen varios objetos personales que nos indican quién pudo ser este niño-rey.

En su infancia, Tutankamón fue un chico al que le gustaba jugar fuera de casa y volvía con las rodillas magulladas y los zapatos llenos de barro. Parece seguro que el joven Tutankamón aprendió a valerse por sí mismo. Entre su colección de bastones se halla un junco montado en oro con la inscripción "Junco que su majestad cortó con sus propias manos", lo que indica que en su juventud se había sentado y grabado su bastón con un objeto punzante. Obviamente, se sentía muy orgulloso de su logro, y alguien montó el bastón en una empuñadura, tal vez como símbolo de indulgencia o por verdadera admiración ante los talentos del joven.

Existen otras pruebas de su gusto por las actividades al aire libre, como demuestra el utensilio para encender fuego que se encontró en su tumba. Tal utensilio consta de dos partes, una base perforada con pequeños agujeros y un palo que se colocaba en dichos agujeros y se frotaba hasta que saltaba una chispa y se encendía un fuego.

Tales destrezas resultaron útiles para el joven príncipe y futuro rey, a quien le gustaba mucho, además, cazar y hacer carreras en carro. Aunque en su tumba aparecen numerosas imágenes del rey llevando a cabo estas actividades pintadas en objetos más tradicionales propios de la realeza, existen pruebas suficientes que atestiguan que se trataba de aficiones verdaderas más que de montajes propagandísticos.

El arte de la guerra y el manejo de los carros formaban parte de la educación tradicional de la realeza y ya a los cinco años Tutankamón los estaba estudiando, como  prueban las armas de pequeño tamaño descubiertas en su tumba, entre las que se incluyen bumeranes, tirachinas, cimitarras y arcos y flechas. También se encontraron guantes de pequeño tamaño, como los que se utilizaban en el manejo de carros y en equitación. Parece probable que Tutankamón participase en los desfiles de carros diarios que se organizaban en Amarna, que proporcionaban a las gentes de la ciudad la oportunidad de ver al rey Ajenatón y a la familia real.

La tumba de Tutankamón también cuenta con cuatro impresionantes carros de caza que pudieron haber sido utilizados para ir al desierto a cazar leones, gacelas y toros salvajes. Las presas se iban haciendo cada vez más grandes y salvajes a medida que el rey cumplía años y se hacía más fuerte. Aunque no en su tumba, también se ha encontrado una imagen en un talatat reutilizado perteneciente al noveno pilón de Karnak, en el que se puede ver cómo Tutankamón participa en la cacería de un león y un toro salvaje y luce toda su destreza y su valor en el campo. Puede que las plumas de avestruz que adornan su famoso abanico de oro fueran tomadas de uno que hubiera cazado el propio rey. Y puede que se celebraran numerosos festines en el palacio, rebosantes de liebres, gacelas y toros salvajes que el joven Tutankamón cazara. O que el rey no mostrara talento alguno a la hora de cazar y montar en carro, sino que simplemente disfrutara de la emoción de la persecución.

Nunca llegaremos a comprender por completo la vida de este enigmático niño rey, pero al menos podremos identificarnos con la emoción y la ilusión que sentía cuando subía a su carro y miraba el llano desierto que se extendía frente a él, sabiendo que durante unas pocas horas podría olvidarse de intrigas palaciegas, inestabilidades políticas y reformas religiosas. Tan solo existían él, sus caballos y el desierto.

Charlotte Booth es profesora de Egiptología en el Birbeck College de Londres. Este artículo está basado en su libro The boy behind the mask: meeting the real Tutankhamun, Oneworld Publications, 2007. En español acaba de publicar El secreto de la esfinge y otros misterios del Antiguo Egipto. Crítica. 2010.



¿Murió de malaria?

Un estudio  reciente publicado en The Journal of the American Medical Association (http:// jama.ama-assn.org) llevado a cabo por un equipo capitaneado por Zahi Hawass, jefe del Consejo Superior de Antigüedades Egipcias, ha concluido que —tras largos debates acerca de las causas del fallecimiento del niño rey— el verdadero motivo de su muerte parece ser que fue el paludismo, unido a diversas enfermedades óseas.

Ello explicaría la enorme cantidad de bastones encontrados en su tumba, que el monarca utilizaría para ayudarse al caminar, así como la profusión de productos médicos y la pierna roturada que se pudo ver con el escaneado de la momia (una caída y su consiguiente fractura habrían provocado la infección por malaria). La investigación también ha sacado a la luz nuevas teorías acerca del árbol genealógico cercano a Tutankamón, aunque la polémica sigue abierta en lo referente a sus padres.