lunes, 24 de octubre de 2011

¿Qué pasó el 24 de octubre de 1929?

La Gran Depresión fue tan dura y agria porque faltó liderazgo y cooperación internacional. Es inquietante observar que lo que está ocurriendo con esta crisis cada vez se parece más a lo de los años treinta.


Cuando a las diez de la mañana del jueves 24 de octubre de 1929 sonó la campana que abrió la sesión en Wall Streel, había más de un millar de miembros del New York Stock Exchange en la sala de negociaciones, por encima de los 750 habituales. El refuerzo obedecía a la cantidad de órdenes de venta cursadas durante la noche anterior. El número de operadores de telégrafo también había sido reforzado en previsión de una sesión que se esperaba movida. En el Curb Exchange —hoy denominado American Stock Exchange— se puso a la venta un enorme paquete de acciones de la conocida firma Cities Service Co. y su cotización comenzó a caer de inmediato. Fue la señal que desató una furia vendedora de manera que en pocos minutos se cursaron órdenes de venta por un millón de títulos. Las cotizaciones se desplomaron, a las once de la mañana el pánico se había apoderado del parqué y el frenesí vendedor parecía imparable. Cuando las noticias de lo que ocurría en el interior de la Bolsa se conocieron fuera de sus muros, una multitud, entre curiosa y preocupada, se congregó en la celebre intersección de Wall Street con Broad Street. La policía de Nueva York tuvo que tomar posiciones para evitar posibles disturbios.

Para el mediodía se convocó una reunión urgente en las oficinas de JP Morgan a la que acudieron los principales banqueros de Nueva York. Se trataba de formar un pool con la finalidad de frenar la caída del precio de las acciones. La reunión tuvo un efecto sedante, pues por la tarde se desaceleró la caída de la Bolsa. Al terminar la jornada. Thomas Lamont, socio de Morgan, se dirigió a los periodistas para dar cuenta de la reunión y calmar los ánimos. Sus declaraciones fueron desconcertantes: los banqueros, dijo, atribuían la caída a cuestiones estrictamente técnicas, no a un deterioro de la economía.

En Washington. los miembros del Consejo de la Reserva Federal estuvieron todo el día pendientes de lo que pasaba en Wall Street. Se reunieron en dos ocasiones. Estuvieron presididos por Andrew Mellon, el secretario del Tesoro, con la atención centrada en Nueva York, pero pudieron comprobar que acontecimientos similares se registraban en las Bolsas de Chicago, Boston, Filadelfia, San Francisco y Los Angeles.

En las jornadas del viernes 25 y del sábado 26 se repitió el ambiente vendedor y la semana siguiente empezó con mal pie. El lunes 28 fue un día terrible: los temores del jueves 24 se reprodujeron y durante la sesión salieron a la venta nueve millones de títulos. Los banqueros decidieron reunirse de nuevo: reconocieron que las fuerzas del mercado estaban más allá de su control: tomaron conciencia de que no podían frenar el descenso sino, todo lo más, impedir un desorden vendedor. A pesar de las declaraciones del presidente Herbert Hoover afirmando que "los fundamentos de la economía, es decir, la producción y la distribución son sólidos y la prosperidad continuará", lo cierto es que el sentimiento general de compradores y vendedores era que el boom bursátil había terminado.

El martes 29 fue el día más devastador de los 112 años de la historia de la Bolsa de Nueva York. Las ventas comenzaron nada más abrir el mercado. Se produjo una avalancha de órdenes: bloques enteros de acciones se pusieron a la venta; nadie se libró de la caída de los precios: las acciones industriales descendieron un 30% de media: los títulos de los bancos y de los invesiment trust cayeron por encima del 40%. El Dow Jones se desplomó 50 puntos, de manera que al finalizar el día las ganancias de los 12 meses anteriores se habían esfumado. Se repitieron las reuniones de los banqueros; superados por los acontecimientos, no pudieron llegar a ningún acuerdo y dieron por finiquitados sus anteriores intentos de coordinar acciones para sostener las cotizaciones. Algunos pidieron el cierre de la Bolsa, pero la mayoría no secundó la propuesta. Los miembros del Consejo de la Reserva Federal se citaron al mismo tiempo que abría la Bolsa y no se separaron hasta que cerró. Debatieron la posibilidad de tomar alguna medida para calmar el mercado. Estaban tan desconcertados como Wall Street y tampoco tenían claro si intervenir en el mercado bursátil era una de sus responsabilidades. Culparon a la especulación y pensaron, como Mellon, que la purga liquidacionista no vendría mal.

El miércoles 30 y el jueves 31 continuó la tónica de días anteriores, aunque el ansia vendedora remitió. Para alivio de los operadores, el viernes y el sábado el mercado estuvo cerrado. Cuando la Bolsa reabrió sus puertas en noviembre las ventas masivas se reanudaron. Las sesiones del 11,12 y 13 fueron particularmente nefastas. El descenso continuó el resto de ese mes y del siguiente. Para entonces era obvio que Wall Street había perdido la confianza y tardaría en recuperarse. Y así fue: la Bolsa siguió su marcha descendente hasta 1932, llegando a perder el 80% de su valor.

Los efectos del crac sobre las expectativas de los inversores fueron devastadores. También lo fue para el valor contable de empresas: su capitalización cayó al tiempo que caia el valor de sus títulos en el Bolsa; y todos aquellos que habían invertido su patrimonio observaron cómo el valor de sus carteras se evaporaba en pocos días. Los que habían tomado prestado para la compra de títulos comprobaron que no podían devolver sus créditos y muchos brokers quebraron al tiempo que sus clientes se arruinaban. En Europa y en otras partes del mundo lo acaecido en Nueva York no pasó inadvertido; el descenso americano se transmitió como la pólvora a todos los mercados bursátiles. En Berlín, donde la caída había comenzado casi dos años antes. el colapso de Wall Street acentuó su descenso e hizo imposible una recuperación; Londres y París siguieron la senda descendente marcada por Nueva York.

El crac de octubre de 1929 generó una atmósfera de temor y un ambiente de incertidumbrc sobre el futuro inmediato de la economía: los consumidores, temiendo un descenso de su renta futura, revisaron a la baja sus expectativas y aplazaron o suspendieron sus compras de bienes de consumo duradero; los productores, ante el empeoramiento de las condiciones de los mercados y desorientados sobre cuál podría ser la evolución de los negocios, se replantearon sus planes de inversión en equipos y nuevas plantas, posponiendo adquisiciones hasta que se despejasen las incógnitas abiertas por la catástrofe de Wall Street. Familias y empresas comprobaron que el crac afectaba al funcionamiento normal del sistema financiero y que se había interrumpido el flujo de crédito bancario.

Tras el crac bursátil de 1929 sobrevino una crisis financiera de consecuencias devastadoras. La crisis explotó en mayo de 1931 con la quiebra del gigante austríaco Creditanstalt. La desconfianza se extendió de Viena a Berlín, donde en pocas semanas se produjo una masiva retirada de depósitos. La paralización del sistema bancario germano se contagió al resto de Europa, con quiebras y suspensiones de pago en Italia, Hungría, Checoslovaquia y otros países del Este continental. Las entidades que no cerraron fueron intervenidas. La economía mundial cayó en picado y una década después la producción y el empleo todavía no habían recuperado el nivel de 1929.

Las causas de la Gran Depresión continúan siendo un enigma y, pese a los avances en la investigación, el debate sigue abierto. Donde sí parece existir mayor acuerdo es en su significado histórico. Lo anticipó Maynard Keynes, quien en 1931 escribió que el mundo estaba en medio de una gran catástrofe económica, una que quizá acabase con el capitalismo y con la sociedad liberal; una crisis que en el futuro sería considerada como un punto de no retorno. El genial economista de Cambridge acertó: después de 1929 el mundo ya no fue igual. La Gran Depresión, con sus secuelas en forma de paro y deflación, dejó una huella imborrable. Su recuerdo está asociado a la consolidación del fascismo, al ascenso del nazismo y a la II Guerra Mundial. La Gran Depresión modificó de manera radical las reglas y las instituciones que habían gobernado el mundo económico hasta entonces. Con la Gran Depresión murió el capitalismo liberal, fue el fin del laissez-faire; laissez-passer.

En una reciente conferencia en Madrid, Robert Skidelsky, biógrafo de Keynes, recordó que la Gran Depresión fue tan dura y agria porque faltó liderazgo y cooperación internacional. Ahora estamos ante la primera gran crisis económica del siglo XXI que cada vez se va pareciendo más a la de los años treinta. Aún no sabemos del todo la intensidad, duración y coste de la crisis, pero por la senda que vamos puede ser peor que lo ocurrido hace más de 80 años. No soy de los que piensan que los responsables únicos son los políticos, los banqueros, los empresarios o los sindicalistas. En las sociedades democráticas todos somos responsables de todo. Y ahora, como entonces, vuelven a escasear las ideas, el coraje, el liderazgo y la cooperación. Lo único que nos puede salvar de la hecatombe.

Pablo Martín-Aceña es catedrático tíe Historia Económica de la Universidad de Alcalá (UAH).
El Pais

Egipto: no es oro todo lo que reluce

El historiados Toby Wilkinson condensa en un estudio tan erudito como ameno los tres mil años de esta civilización faraónica y arroja la luz sobre el lado oscuro 


Graduado en Egiptología por la Universidad de Cambridge y profesor del Clare College de la misma universidad, Toby Wilkinson sólo tenía cinco años cuando hojeando una enciclopedia, se sintió atraído por esa escritura hecha con dibujos que son los jeroglíficos, y seis cuando cayó en sus manos el libro que ilustraba una famosa exposición itinerante que deslumbró al mundo entero enseñando la máscara y los tesoros de la tumba de Tutankamón en los años 60. Con la narración de este descubrimiento comienza el prólogo el autor «Quedé maravillado ante las joyas, el oro y los extraños nombres de reyes y dioses. Esos tesoros sembraron en mí una semilla que años después terminaría de germinar y florecer». Así explica el origen de su pasión por la civilización de los faraones. sobre la que ha publicado seis libros y pronunciado multitud de conferencias.

Auge y caída del antiguo Egipto es el último y quizá su obra más ambiciosa. Está dividida en cinco partes diferenciadas. Cada una aborda un periodo significativo de la civilización egipcia. En su inicio, el autor llama la atención sobre una pequeña placa de pizarra de color negro verdoso grabada en sus dos caras con bajorrelieves y que se haya a la entrada del Museo Egipcio de El Cairo. Casi pasa desapercibida pero es uno de los documentos más importantes conservados. Su lugar destacado en el museo con mayor acervo sobre la cultura faraónica da testimonio de su trascendencia: es la paleta de Narmer, el objeto que señala el principio de la historia del antiguo Egipto y que para los egiptólogos se ha convertido en el símbolo del Egipto más ancestral. Las circunstancias de su desaabrimiento están rodeadas de misterio e incertidumbre. A partir de aquí, Wilkinson avanza por la larga lista de reyes que se van sucediendo a lo largo de sus numerosas dinastías hasta llegar a Cleopatra y Ptolomeo Cesarión. A su vez, de forma extensa y casi novelada, va revelando misterios y descubriendo detalles en un relato repleto de acontecimientos excepcionales sobre cómo fueron los primeros papiros, la construcción de templos y de las pirámides, las estatuas de bronce, los jeroglíficos, la conquista de Nubia, la revolución religiosa de Ajenatón, el poder y la belleza de Nefertiti, la vida y la muerte deTutankamón, la crueldad de Ramsés, la invasión de Alejandro Magno y la relación fatal de Cleopatra con Roma que acabó con la caída de Egipto.

kinson avanza por la larga lista de reyes que se van sucediendo a lo largo de sus numerosas dinastías hasta llegar a Cleopatra y Ptolomeo Cesarión. A su vez, de forma extensa y casi novelada, va revelando misterios y descubriendo detalles en un relato repleto de acontecimientos excepcionales sobre cómo fueron los primeros papiros, la construcción de templos y de las pirámides, las estarnas de bronce, los jeroglíficos, la conquista de Nubia, la revolución religiosa de Ajenatón, el poder y la belleza de Nefertiti, la vida y la muerte de Tutankamón, la crueldad de Ramsés, la invasión de Alejandro Magno y la relación fatal de Cleopatra con Roma que acabó con la caída de Egipto.

Howard Cárter, el señor de la momia

El 26 de noviembre de 1922, dos horas antes del ocaso, el egiptólogo inglés Howard Cárter  penetraba en un corredor tallado en la roca y excavado en el suelo del Valle de los Reyes. Cuatro días después, el anuncio del descubrimiento de la tumba de Tutankamón ocupó los titulares de prensa de todo el mundo. Había realizado el más grande y magnífico descubrimiento sobre la civilización antigua. El acontecimiento generó una oleada de interés mundial por conocer los tesoros y por la historia de los faraones. La egiptología experimentó un avance hasta entonces nunca conocido La máscara de oro de Tutankamón y los demás tesoros de su tumba despertaron en el niñoToby Wilkinson la pasión de su vida: Egipto.

Accesible al lector medio

El libro supone un inmenso estudio que abarca de forma cronológica la historia completa de esta gran cultura de la Antigüedad -algo que nadie había hecho en los ultimos 50 años desde que Alan Gardiner publicó El Egipto de los faraones- y pretende aprovechar los últimos avances de la arqueología y los esuidios realizados por académicas en todo el mundo en estos años para que no sólo sea una obra bien documentada, sino también atractiva y accesible para el lector medio. A pesar de los años, las civilizaciones antiguas, y en especial Egipto, siguen fascinando. Con esta obra, Wilkinson pretende mostrar una realidad mucho más compleja. Pese al poderoso testimonio de los deslumbrantes tesoros de los faraones, de sus espectaculares monumentos, sus magníficas obras de arte y sus logros culturales, el antiguo Kgipto tenía un lado oscuro. Los primeros faraones ya supieron comprender el extraordinario poder de la ideología para unir a personas dispares en su lealtad al Estado. «Los reyes explotaron herramientas de liderazgo que aún hoy siguen vigentes: el boato ceremonial en las apariciones públicas minuciosamente coreografiadas para diferenciar al soberano de la plebe, la pompa y el espectáculo de las grandes ocasiones de Estado, el fervor patriótico...», explica el profesor. Y también sabían de la eficacia de otros medios para mantener el poder y las utilizaban, como la propaganda política, la discriminación racial o la brutal represión de las disidencias. Lejos de sentirse inclinado a ver la cultura faraónica de forma entusiasta o con emocionada reverencia, sus años de estudio le han hecho incomodarse con ese otro aspecto más oscuro y menos deslumbrante. Según sostiene el autor, «nos deleitamos con las victorias militares, pero no reflexionamos sobre la brutalidad de la guerra: admiramos las pirámides, pero no pensamos en el sistema político que las llevó a cabo; nos emocionamos con el herético Ajenatón y sus obras, pero no sabemos cómo se vive bajo un soberano déspota y fanático. No faltan evidencias: desde sacrificios humanos -en la I Dinastía- a revueltas campesinas -bajo los Ptolomeos- y una relación entre el rey y sus súbditos basada en el temor y la coacción y no en el aprecio y la admiración». El poder utilizaba el miedo y la fuerza para salvaguardara las clases poderosas, y para realizar sus grandes construicciones recurrieron al trabajo forzoso y a la esclavitud en un claro desprecio por la vida humana. Wilkinson sostiene que precisamente estas premisas fueron las que, a la postre y, poco a poco, fueron minando su fortaleza y estabilidad. Destacando estos aspectos menos favorecedores de una civilización tan deslumbrante como la egipcia, el egiptólogo pretende proporcionar un panorama más completo y equilibrado que el que suele encontrarse en los manuales.

Los antiguos egipcios inventaron un concepto de Estado-nación que, 5.000 años después, aún está vigente. Su civilización duró tres milenios. Su longevidad se debe a que consiguieron un patrón arquetípico de Gobierno tan socialmente aceptado que, pese a los altibajos históricos, se prolongó durante cien generaciones.

Concepto de nación

Fueron el primer pueblo en compartir una cultura, una perspectiva y una identidad, dentro de un territorio definido y bajo una autoridad política común: su concepto de nación es el que sigue imperando en el mundo. Si los tres mil años de civilización faraónica contienen todos los elementos de una novela épica -cortes fastuosas, intrigas dinásticas, turbios asesinatos y batallas legendarias; historias individuales de heroísmo y villanía, de triunfo y de tragedia; mujeres poderosas y reyes despóticos-, parece que la realidad histórica es aún más sorprendente e interesante. El antiguo Egipto es sobre todo la historia de cómo se unió un reino dispar y de cómo se defendió de sus enemigos. Wilkinson combina un destacado registro narrativo con su detallado conocimiento de los jeroglíficos y la iconografía del poder para revelar toda la complejidad de este largo periodo y contamos la historia de una de las civilizaciones más influyentes y duraderas.

75 aniversario de la creación de las Brigadas Internacionales

Cuatro supervivientes relatan, en el 75 aniversario de la creación de las Brigadas Internacionales, su derrota en la Guerra Civil y la revancha en la II Guerra Mundial

Tenían menos de 20 años cuando dejaron su país y su familia para venir a jugarse la vida en España, a defender un Gobierno que no era el suyo pero cuyos ideales compartían: la República. En su día. llegaron a ser 35.000 —entre ellos, escritores como George Orwell y políticos como Willy Brandt—, procedentes de 55 países. Cerca de 9.000 murieron o cayeron prisioneros. Hoy quedan pocos vivos, pero cuatro de ellos han venido a España para participar en las jornadas-homenaje que ha organizado la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales en el 75 aniversario de su creación por decreto. Firmado por el entonces presidente de la República, Francisco Largo Caballero. 

"Yo tenia 17 años y pensé que tenía que hacer algo. No quería quedarme parado mientras veía al fascismo ganar en España. El día que cumplí los 18 me fui. No le dije nada a mi madre,porque nunca me hubiese dejado, y tuve muchos remordimientos por lo mal que lo pasó, aunque después decía que estaba muy orgullosa y me convertí en su favorito. Y éramos 8 hermanos", relata David Lomon. británico, a un mes de cumplir los 93 años. "Pero no me arrepiento de haber venido a defender a aquel Gobierno democráticamente elegido. Lo volvería a hacer mil veces".

Lomon vino pensando que ganarían. "Éramos los buenos", dice con una sonrisa. No tardó en darse cuenta de que no iba a ser tan fácil. "Cuando llegué a España no conocía la magnitud del apoyo que los italianos y alemanes estaban dando a Franco. No esperaba eso. Tampoco esperaba que estaríamos tan solos. A los republicanos no les apoyaba nadie, solo voluntarios".

A Lomon le indignó oír que "comunistas y anarquistas estaban combatiendo entre ellos durante la guerra", pero cuando realmente se dio cuenta de la debilidad de su bando fue durante el breve entrenamiento que realizó antes de incoporarsc al frente. "Fue terrible. De armas, teníamos las sobras de los rusos y de la I Guerra Mundial. Se atascaban. Eran muy delicadas. No les sentaba bien ni el calor, ni el frío". No ha olvidado el día que le pusieron delante la ametralladora Maxim. "Nunca había visto un arma hasta entonces".

Lo mejor de su paso por España fue conocer a los republicanos, cuenta. "Me fascinó ver a gente tan pobre y a la vez tan orgullosa". Se echó una novia española, pero duró poco. "Recuerdo que un día, la invité al cine, ¡y se plantó allí con toda su familia!", ríe a carcajadas.

No llegó a participar en grandes combates — "solo escaramuzas"— pero estuvo a punto de morir. Una bomba le dejó inconsciente durante no sabe cuánto tiempo. Cuando se despertó estaba en un campo de prisioneros. "Me habían capturado los italianos. Casi todos eramos extranjeros. De hecho, mientras estuve allí, la Gestapo vino a ver qué alemanes apoyaban a los españoles. Fue algo espantoso. Cuando te meten en un sitio así es como si te apartaran del mundo. Salí libre en un intercambio de prisioneros: me cambiaron por algún italiano".

Durante la entrevista, enseña orgulloso el pasaporte español que ha obtenido gracias a la ley de memoria histórica, que concedió la nacionalidad española a los brigadistas internacionales. Perder la guerra en España fue "un golpe muy duro" pero asegura que le sirvió de "inspiración" para al regresar al Reino Unido, ingresar en el Ejército, "para luchar después contra Hitler. Esa guerra sí la ganamos".

El estonio Erik Ellmann, de 92 años, parecía incómodo con los aplausos que recibió en el homenaje. "No los merezco. Yo era un niño. Tenía 19 años y solo participe en el final de la guerra. Hice lo mejor que pude con el arma que me dieron: una de 1896", dijo.

Hijo de un matrimonio pobre, Ellmann recuerda que el Gobierno de su país "hizo una ley por la que castigaba a 10 años de trabajos forzosos a quienes ayudaran a los españoles". Decidió arriesgarse. "Mis ideales y los de mis padres eran los mismos que los de la República". Estuvo en la batalla del Ebro y guarda un enorme remordimiento. "Íbamos de avanzadilla y teníamos que avisar si veíamos avanzar a los franquistas. Nos fuimos a descansar y avanzaron. No sabemos qué pasó con los que venían detrás de nosotros".

Los hermanos José Eduardo y Vicente Almudéver Mateu, de 92 y 94 años respectivamente, nacidos en Francia pero de padres españoles, tampoco han olvidado. "¡Fuimos al frente sin balas!", asegura José. "A cinco kilómetros había una columna del PCE y me dieron cinco. Después el coronel nos dio otras cinco. ¡Diez balas para una guerra!". El 25 de mayo de 1938. cayó herido en combate. "Al darme el alta, me mandaron a casa pero volví. Terminé en el puerto de Alicante. Fue terrible lo que pasó allí".

En aquel puerto, 20.000 republicanos, ya perdedores de la Guerra Civil, esperaban en abril de 1939, la llegada de unos barcos extranjeros que nunca llegaron para huir de Franco. Cuando al entrar las tropas italianas quedó claro que no había escapatoria, muchos optaron por suicidarse. "Recuerdo a una mujer embarazada, echada en el suelo, y a un hombre que se afeitaba con una navaja a su lado. Oí un grito terrible. Cuando volví a mirar, el hombre se había degollado y la mujer lo había visto todo", recuerda José, quien salió de aquel puerto direco al campo de concentración de Los Almendros tras haber tirado al mar su carné de la Brigada.

Vicente estuvo en el frente de Guadalajara y en la batalla del Jarama. También en Madrid. "Pese a haber perdido, de lo que más orgulloso estoy en mi vida es de haber luchado en la Guerra Civil con la República", asegura. Como sus compañeros, también luchó después en la segunda Guerra Mundial.

José Carrillo, hijo del exdirigente del PCE, Santiago Carrillo, y actual rector de la Universidad Complutense de Madrid, donde se acaba de levantar un monumento a los brigadistas. afirma: "No recuerdo un ejemplo de solidaridad internacional como la participación de los 35.000 brigadistas que vinieron a España a defender la legalidad de la República. y el de los propios españoles, que intentaron devolver el favor en la II Guerra Mundial incorporándose a la resistencia contra los nazis. Son un ejemplo, no un invento de Stalin, como dice el nostálgico que ha presentado una denuncia contra el monumento y que me acusa de hacer política. La ciudad universitaria fue testigo. Aquí combatieron muchos brigadistas y en los edificios más antiguos todavía se pueden ver agujeros de bala".

Pese a la denuncia, el monumento se inauguró el sábado. Son dos grandes placas de acero en las que se lee una frase de Dolores Ibárruri: "Sois la historia. sois la leyenda. Sois el Ejército heroico de la solidaridad y de la universalidad de la democracia".

El País

domingo, 23 de octubre de 2011

Fotos Primera Guerra Mundial (Archivo alemán, parte 1)

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75 aniversario de las Brigadas Internacionales


"Su llegada a Madrid, aquel 8 de octubre de 1936, menos de cuatro meses después de la sublevación franquista, sirvió para que la población republicana comenzara a sentir que no estaba sola". Cuando se cumplen 75 años de la creación de las Brigadas Internacionales, el historiador Justin Byrne recuerda cómo la llegada a España de estos combatientes extranjeros, convencidos de la necesidad de luchar contra el franquismo, contribuyó a levantar la moral del bando republicano.

Con motivo de este aniversario, Coordinación Internacional, una entidad en la que participan la española Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI), realizará varios actos a partir de mañana. La convocatoria incluye la celebración de unas jornadas, en las que participarán historiadores y expertos del tema, con las que se pretende contribuir al conocimiento y el análisis del papel de estos combatientes voluntarios en la Guerra Civil y especialmente en la defensa de Madrid, en el invierno de 1936-1937.

Está previsto, asimismo, que el sábado se inaugure un monumento en su honor en la Ciudad Universitaria de Madrid. El brigadista británico David Lomon, el estonio Erik Elman y los francoespañoles Josep y Vicent Almudever, todos nonagenarios, estarán presentes en esta inauguración y participarán después en una comida de fraternidad. La AABI calcula que la cifra de brigadistas vivos en el actualidad no supera la veintena.

Los organizadores han invitado al acto al líder del Ejecutivo y varios miembros de su Gobierno, así como a los presidentes del Congreso y el Senado. Aunque todavía no han recibido respuesta, consideran que la presencia institucional en estos actos de homenaje es necesaria como "señal de respeto y agradecimiento".

El 22 de octubre de 1936 el presidente del Gobierno de la República, Francisco Largo Caballero, firmó un decreto por el que se constituyeron esas unidades compuestas por voluntarios extranjeros y también españoles. Los historiadores calculan que hasta su retirada, en octubre de 1938, fueron entre 35.000 y 40.000 los brigadistas que lucharon contra el fascismo en España. Muchos de ellos, aunque no hay una cifra exacta, acabaron siendo fusilados por las tropas de Franco o fueron torturados en campos de concentración antes de ser repatriados a sus países.

"Fenómeno internacional"

Para el catedrático de Historia Contemporánea de la Complutense Julio Aróstegui, estos hombres -fueron muy pocas las mujeres que llegaron- contribuyeron a hacer de la guerra de España un "fenómeno internacional". "El elemento que les unía era el antifascismo. Algunos, como los británicos y los franceses, intentaron quebrantar la voluntad de sus gobiernos de origen, que habían apostado por la no intervención, y tomaron las armas ellos mismos", explica el historiador Justin Byrne, que ha participado en la programación de los actos que comienzan mañana.

Rebatiendo a los que aseguran que los brigadistas tenían "una formación mínima, aunque una voluntad de hierro", Aróstegui considera más que probada su cultura militar. "Solían ser más expertos guerrilleros que los españoles. Vinieron poetas, intelectuales, abogados... también gente con menos formación. Todos pasaron por el centro de formación de Albacete, donde eran instruidos por un comunista francés llamado André Marty", señala Aróstegui.

Además de su contribución a levantar el ánimo del bando republicano, en el que escaseaban las armas, pero también la moral, los expertos concluyen que la obediencia era uno de los aspectos más apreciados de los combatientes extranjeros. "Eran muy valorados por su disciplina y entrega". asegura Byrne.

Con el propósito de "mantener el contacto entre los brigadistas y demostrarles gratitud en actos públicos" se creó en 1995 la AABI. Su presidenta, Ana Pérez, explica que otro de los objetivos de la asociación es intentar que la historia de las brigadas se estudie de manera "más clara y notoria", por lo que trabajan para que se su historia se incluya en los currículos de enseñanza media.

"El legado de estas personas altruistas, solidarias y consecuentes a lo largo de sus vidas, debería mantenerse siempre presente", concluye Pérez.

Represaliados por luchar contra el fascismo

ERIK ELMAN


Los actos organizados por la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI) contarán con la presencia de este brigadista estonio de 92 años. Se unió a las Brigadas en 1938 y fue voluntario en las filas republicanas en el frente del Ebro. Acabó en un campo de concentración y entre 1941 y 1949 formó parte del ejército de la URSS.

DAVID LOMON

Este británico, que ahora tiene 93 años, fue capturado por soldados italianos durante la retirada republicana en 1938. Tras su detención, pasó varios meses en prisión hasta que fue repatriado. Se unió a la Marina Real Británica durante la II Guerra Mundial. Obtuvo el pasaporte español en junio de 2011.